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DÍAS DE CAMBIO

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El pasado lunes, 10 de marzo, dicharachera y pizpireta, una golondrina (Hirundo rustica) se había posado sobre un hilo del cableado de mi calle en el casco histórico de Toledo. Para ser sinceros, me alegró la mañana. La primera del año de las muchas que  en las próximas semanas empezarán a regresar desde el otro lado del Sahara, tras una larga singladura, contra viento y marea. En el continente africano, con la retirada de la época de lluvias, el incremento de las temperaturas empezará a desecar humedales y charcones con la consiguiente merma en la disponibilidad de recursos alimenticios, insectos para el caso de los hirundínidos como la Golondrina Común y el motivo esencial de que nosotros empecemos a verlas, a disfrutarlas en la medida en que alegran con su sola presencia nuestros pueblos y campos donde los factores climáticos aún les permiten comer lo suficiente para lograr la subsistencia de adultos y futuras polladas.

Un comportamiento, el  migratorio, ancestral y adaptativo, que suele funcionar la mayoría de las temporadas. Y digo “la mayoría” porque, en ocasiones, como en 2013, la llegada a la  Península Ibérica en una primavera anómala por la prolongación de días fríos y lluvias hasta bien entrado el mes de mayo, causó a la postre la generalización de un éxito reproductor algo más que exiguo, llegando a fracasar hasta el 90% de las polladas en algunas demarcaciones y siendo este fracaso más notorio en latitudes ibéricas norteñas.

Pero no son las golondrinas las únicas que nos advierten que el cambio de estación se encuentra en ciernes. Seguramente los más observadores, al salir del portal de casa en la mañana de la primavera temprana, habrán notado un olor diferente en el ambiente, porque en verdad “ya huele a primavera”. En nuestros montes hace semanas que empezaron a florecer aulagas y romeros; hace apenas unos días pude empezar a observar las primeras mariposas mediterráneas; los verdecillos se dejan  la vida reclamando en cualquier ramita de la ribera o el parque; en breve empezaremos a observar abejarucos y cernícalos primilla a la caza y captura, respectivamente, de insectos y roedores; las perdices ya llevan unos veinte días emparejándose; las garzas reales, cigüeñas y rapaces de toda índole se afanan  en el transporte de material leñoso hacia sus nidos.

Y unos vienen… pero otros van; las grullas empiezan a escuadrarse en formaciones en “V” para viajar al norte de Europa desde las dehesas y humedales mediterráneos; los petirrojos, tan abundantes en los campos del invierno castellano irán buscando latitudes más septentrionales para reproducirse, y así con tantos otros que nos indican que, un año más y a pesar de la crisis (la económica y la ambiental, que también existe) seguimos vivos. En fin, un año más de biodiversidad gozosa con la que deleitarnos en estos días de cambio. Porque… qué es la vida, sino un continuo cambio.

Roberto C. Oliveros.

TOLEDO NATURA

Golondrina anunciando la primavera

Golondrina anunciando la primavera

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