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OS DESCUBRIMOS AL CERNÍCALO PRIMILLA, REYECILLO DE LAS ESTEPAS

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 El sol de Castilla, inexorable y rampante en busca de su cénit, impone sus fueros y rigores sobre los campos (montes, estepas y riberas) toledanos.

Sobre el coscojar, la sombra de alas anchas del águila culebrera dispersa, paraliza y aplasta contra el suelo de hierba seca, sucesivamente y por este orden, un bando de nueve perdigones que a los pocos minutos vuelven a reunirse, atraídos  por el reclamo magnético y tranquilizador de la madre, que sabe que hay sombras mayores, más oscuras y menos advertidas bajo cuya proyección reside el verdadero miedo atávico y letal.

En las vegas – al corriente vivificadas en vergeles irrigados al amor de Tajo – tomates, puerros, “lechuguas”, cebollas, pimientos, “melecotones”, “albericoques de La Puebla”, sí de ésos, de los del hueso dulce (adelantaba el hortelano) proclaman al viento solano que existe vida más allá de la canícula.

Y en la estepa asolanada, la calima desdibuja un horizonte licuado de espejismos refractarios sin fin, atronado el conjunto del paisaje por el susurro estridulante de millones de saltones y cigarras anunciando el mediodía. Sobre el terrón desolado, una cogujada, “de las del moño alto” según los del lugar, se pone en alerta a nuestro paso y nos vigila sosteniendo en su pico el bocado suculento para sus polluelos. Al fondo, se escucha el reclamo de una codorniz perdida entre las rastrojeras. Tras una loma ondulada las avutardas y sisones hacen valer los tonos terrosos de sus libreas que trasfiguran sus estampas en hieráticos fantasmas esteparios, desvaída su presencia entre el mar de ocres y amarillos en que ha quedado convertido el páramo mesetario.

Y al final del camino, junto a la vieja labranza de muros de tapial, una silueta se recorta breve y cernida contra el azul puro del cielo estival. El cernícalo primilla. Prestando un poco más de atención observamos a varios individuos más, posados sobre los muros centenarios de adobe. Hemos llegado a una colonia de cernícalos primilla, un “primillar”.

Llegados a la Península en el mes de marzo, estos pequeños halcones de garras blanquecinas se dispusieron mediada la primavera a establecer sus nidos en los huecos que el paso del tiempo ha ido dejando en los paramentos de las tapias de barro y paja o en las recámaras umbrías bajo la concavidad de la teja árabe. Y en nuestras vecindades, casillas, campanarios y tejados  habrán incubado sus puestas de entre dos y cinco huevos para después de veintitrés días propiciar el alumbramiento de otros tantos polluelos. Durante al menos un mes más, los adultos batirán los barbechos, baldíos y rastrojos en busca de ortópteros, pequeños roedores y pajarillos con los que alimentar los estómagos insaciables de la prole en continuo crecimiento, librando al agricultor esforzado de las plagas, a menudo abundantes, que mermarían en demasía y de otro modo el éxito de las cosechas. Pasado el verano, en torno al mes de octubre, la mayoría de la población reproductora en Iberia regresará a sus cuarteles de invernada, ubicados para los nacidos en la Península en demarcaciones africanas del entorno mediterráneo, quedando algunos machos adultos  durante todo el invierno, en las latitudes más meridionales de España, sin llegar por tanto a cruzar el estrecho de Gibraltar.

 

El progresivo estado de abandono y el escaso mantenimiento de las casas de campo han ido dejando a esta especie sin lugares adecuados para reproducirse. El hundimiento de las cubiertas y la ruina de los muros arcillosos, diluidos por las precipitaciones en épocas de lluvia, han hecho cada vez más necesaria la instalación de nidales con los que suplir los tradicionales lugares de nidificación. De hecho, la instalación de cajas nido ha resultado ser uno de los mecanismos más eficaces para evitar la pérdida de primillares en nuestro entorno más inmediato.

No obstante, son varios y diferentes los problemas que afectan a la especie, muchos de ellos derivados del uso de los insecticidas empleados en un modelo de agricultura intensiva cada día más agresivo. El abuso de la química en el campo hace de las presas habituales del cernícalo y muchas otras especies esteparias un recurso cada vez más escaso, haciendo desaparecer las poblaciones que funcionan como elementos esenciales en su alimentación.  Incluso otros procesos más globales afectan a nuestras especies del ámbito cerealista de secano; tal es el caso del cambio climático. Y este hecho lo hemos podido comprobar, personalmente, durante los trabajos de anillamiento científico que emprendimos en la presente campaña de 2014. Habiéndonos dirigido a un primillar para proceder a este proceso de marcaje de individuos para su estudio, cuando todo parecía marchar viento en popa con un promedio de cuatro pollos anillados por nido, el desánimo cundió entre nuestro equipo cuando pudimos comprobar que, en los nidos ubicados en orientaciones de solana, algunos pollos habían muerto en su interior como consecuencia del calor sofocante que en ellos debió generarse durante algunas jornadas de mayo, en las que las temperaturas máximas llegaron a alcanzar los 36 grados centígrados, algo poco frecuente en las primaveras digamos normales.

Como habréis podido intuir, la vida no es regalada en hábitats y condiciones a menudo extremos según las estaciones, los rigores meteorológicos o impuestos por el devenir de los usos y costumbres humanas, pero siempre es posible su contemplación con las precauciones, medios y métodos adecuados. Desde Toledo Natura os animamos a realizar estas observaciones y muchas otras orientados por nuestros expertos guías y apoyados por los materiales que tenemos a disposición de nuestros clientes. Porque no es lo mismo mirar que VER.

Roberto Oliveros.

Socio Fundador

TOLEDO NATURA.

 

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